FLOTANDO EN EL ESPACIO



































FLOTANDO EN EL ESPACIO
DEL 15 AL 19 DE DESEMBRE DEL 2010

Sessió prèvia: 15 de desembre - Estrena oficial: 16 de desembre

TEATRO DEL ASTILLERO (Comunitat de Madrid) - CENDREC (Evora, Portugal)
de Luis Miguel G. Cruz
direcció Luis Miguel G. Cruz

Intèrprets

Chema Ruiz
Rosario Gonzaga
Jorge Baião
Daniel Martos
Oren Moreno
María Marrafa

Fitxa artística

Il•luminació Miguel Ángel Camacho
Escenografia i vestuari Silvia De Marta
Coreografia i moviment Elena Pérez

Espectacle en castellà i portuguès.


Horaris sessions: dimecres a dissabte 21h - diumenges 19h
Preus: dimecres i dijous 15 € - resta de dies 18 € prèvies 11 €

Duració: 1h 50 min.

El 4 de febrero de 2008, a las 00:00 UTC, la NASA transmitió al espacio exterior la canción de los Beatles "Across the Universe" en dirección a la estrella Polaris, que se encuentra a 431 años luz de la Tierra. La transmisión fue realizada desde el DSN's Madrid Deep Space Communication Complex localizado en las afueras de la capital española.

Esta emisión se realizó con motivo de 40o aniversario de la canción, el 45° aniversario de la Deep Space Network (DNS), y el 50o aniversario de la NASA. La idea fue concebida por el historiador de los Beatles Martin Lewis, quien invitó a todos los fans del grupo a reproducir la canción como si fuera a ser enviada a una estrella distante.

Años más tarde, dos astronautas conviven en una estación faro, anclada en el espacio, con la misión de recibir y decodificar todo tipo de mensaje que se capte en el espacio, realizada por cualquier tipo de inteligencia extraterrestre, como respuesta a la emisión beateliana. Dieciocho años en el espacio han contribuido a que estos personajes hayan desarrollado una vida virtual y unas personalidades ocultas. Dieciocho años lejos de la realidad.

Como contrapeso a este mundo etéreo, los mensajes que los familiares de estos astronautas envían a sus seres queridos, son el recuerdo plomizo de una Tierra imposible, un lugar donde todo pesa. Un divorcio, los cumpleaños terrestres del hijo, los contactos por internet, el sexo virtual y las comunicaciones con la Tierra, envueltas en un enrevesado mélange, son las únicas relaciones que estos dos hombres pueden llevar a cabo en este espacio ingrávido.

Pero los acontecimientos se desencadenan. Ningún descubrimiento espacial novedoso provoca la explosión, ningún mensaje indescifrable contribuye a que todo cambie, ni tampoco la prueba de la existencia de una inteligencia extraterrestre contribuye al trastorno, sino que los celos y la envidia, algo tan humano, son los que desencadenan la tragedia.

Y quizás también la lujuria, la ira o la avaricia.
Aunque también, es probable, que sea el miedo.


La sensación de flotar en el espacio es, para los que sufrimos de vértigo, una extraña e inconstante llamada que la muerte nos hace de manera sensual y siniestra, pues, si bien sentimos miedo a las alturas, también deseamos el vuelo. En mi caso, puedo sentir miedo a caminar por ciertos puentes y andamios pero también experimento placer en viajar y mirar por la ventanilla en vuelos realizados tanto en Jumbos como en viejas Cessnas.

Flotar en el espacio nació como una imagen en la que se resume y metaforiza al hombre contemporáneo de occidente. Un hombre que deambula por la vida sin ancla ni encadenamiento a una cultura o una tradición en la que crea. El hombre contemporáneo, ateo y descreído, es incapaz de creer en su propia cultura y en sus propios mitos, por lo que tan sólo puede aferrarse a la realidad. Pero esa realidad, al no ser estructurada por una ficción o una creencia, se derrumba en lo real en estado puro.

Lo único creíble para el hombre occidental es lo que deja huella en su cuerpo, lo que deja rastro en su carne: El sexo, el dolor y la muerte.

FLOTANDO EN EL ESPACIO no pretende ser otra cosa que un reflejo y un comentario sobre el camino que toman los hombres de nuestra cultura.

FLOTANDO EN EL ESPACIO es un simple análisis de ciertas costumbres que nuestros contemporáneos realizan en privado y que aquí exponemos a la luz pública de una manera, quizás, obscena, según pensaban los antiguos clásicos griegos.

Y es que hay cosas que los contemporáneos ya no hacemos, como es mirar las estrellas. No miramos las estrellas porque, quizás, no hay lugares desde donde poder mirarlas y, en el caso de que encontremos esos lugares, están tan contaminados lumínicamente que no diferenciaríamos una estrella fugaz en la noche de San Lorenzo de los neones del prostíbulo o de la gasolinera más cercana.

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